Cuando el beso se enmaraña en una lúdica caricia,
o cuando las horas pasan descontando las sonrisas.
Si se presiente la mirada del ocaso floreciente.
Ataviado de jorgojos que succionan el torrente,
te desmigaja la penumbra en la menor brisa...
Titubeando está el silencio, y la palabra
inquieta gorjea entre los huesos, macabra
suerte que corre entre las células de tu piel
de sinusoidal espectro, de apagada lumbre.
Las huellas van marcadas por la herrumbre.
El arañazo desesperado del ahogo consumado
cuece las siluetas de pavorosa perspectiva.
Simplemente suelta, simplemente viva,
la maldiciente transita los caminos del que sueñe.
No hay piedad de la que su alma se adueñe.
Mary San

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