viernes, 25 de marzo de 2011

¿UN OTOÑO MÁS?

 
Llegó el otoño, y con él comenzaron las muertes. Nadie sabía el por qué.
Con las primeras nevadas y grados bajo cero, las víctimas sumaban 50 casi, sin contar las sospechosas desapariciones. Y todos los cuerpos presentaban la misma cualidad: nada extraño.
Todo era tan normal e inexplicable, que atemorizaba al poblado. Morían jóvenes, viejos o niños, hombres, mujeres y animales. Sí, también los animales. Primero se temió a alguna rara enfermedad, alguna plaga, algún nuevo agregado en las comidas envasadas...
Desde las autoridades, se extendió un comunicado donde se especificaba de qué modo deberían conducirse las personas del lugar, por si acaso el asesino fuera humano o imposible de categorizar: grupos de dos o más, preferiblemente en horas en que la luz permitiera visualizar lo que fuera, animales domésticos a cubierto y de granja bien encerrados...pero nada de lo que hacían parecía funcionar.
Una noche muy fría, de pantalones gruesos con medias largas de lana debajo, botas a la rodilla con piel dentro, guantes, gorro y tremenda campera de abrigo, volvía Celia de su trabajo. No eran más de las 20 hs, y ella caminaba sola y con ligereza. Pensaba en con qué facilidad podría ser la próxima víctima...pero sonreía al imaginar lo difícil que le sería al asesino llegar hasta ella, en carne y hueso (después de todo, era un placard ambulante). Lo que vio al doblar en la esquina la dejó más fría que el mismo invierno.
Cuando se despertó se vio envuelta en luz y calor. "Estoy muerta" pensó. Y ante ella las imágenes de los cadáveres del pueblo, que la saludaban y hablaban con ella, contándole lo hermoso de dormir diez años entre la tierra y despertar allí.
¿Dormir diez años? ¿Qué pasó? ¿Y dónde estaba, con todos los muertos resucitados? Y en buen estado, como vivos...o estaba viva y soñaba...
Así iban llegando las personas a ese lugar, "ese lugar" sin nombre, sin tiempo, sin infortunios. Todos dormían su deceso plácidamente y despertaban en un espacio de maravillosas características. Entonces Celia sabía que habían muerto en la otra vida- realidad- pueblo. Pero nunca nadie le dijo como o por qué. Tampoco ella recordaría lo que le pasó.
Y llegó el otoño, nuevamente. Y con él, comenzaron los elementos de la naturaleza a esconder el cuerpo de lo que alguna vez, fue un pequeño lugar lleno de personas deambulando a su antojo.
Nunca se vio ni la sombra de un ser vivo que quisiera cruzar por allí. Las ruinas fueron bendecidas por una excelencia eclesiástica, se elevaron oraciones y se dejaron ofrendas como de paz...
El pánico fue atroz cuando luego de diez exactos años, el pueblo entero con todos sus habitantes reapareció.
Hijos, nietos, parientes de otros pueblos y ciudades, vieron cómo el tiempo no había pasado para los "muertos". Y sufrieron más al ver que lo imposible habitaba allí. Ciencia y religión buscaron la huella pero nadie la halló, sólo eran puñados de conjeturas, montones de hipótesis.
¿Qué capricho cósmico había obsequiado la inmortalidad hasta a las termitas del lugar? ¿Qué acto meritorio se le atribuía a una franja de terreno con construcciones y personas, para haber ganado esta especie de lotería? Nada, sería la respuesta. Jamás sería la búsqueda. Absurdo, porque el tiempo pasaba y nada se obtenía.
Ya llevan contados miles de otoños desde entonces. ya están cansados de ver partir a todos... y yo sigo aquí, estéril y pensando si esto fue un regalo o un castigo. Todavía buscamos respuestas, y tenemos la eternidad para hacerlo. Si pasan por mi pueblo, tengo ganas de conversar con alguien diferente... Los espero... Celia.
                                     
                                                                         Mary San

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