Estabas, estoy segura. De pie, con despreocupación y soltura, mirando todo, conversando con todos.
Y te vi. Sí, te vi, aunque vos no quisieras mirarme y huyeras de mi presencia.
¿Qué nos pasó? Antes compartíamos cosas, y eramos cómplices de otras tantas. Nos ayudábamos mutuamente en cada respiración, en cada sonrisa.
Pero la duda más estúpida se instaló en nuestro camino como un abismo sin fondo.
Yo no cesé en ese intento de encontrar nuestras miradas, pero vos movías la cabeza para que pareciera natural tu manera de ignorarme. Te trasladabas nerviosamente por el espacio, entre la gente, lejos de mi influencia.
Descubrí entonces que era por miedo. Un temor eterno anidaba en tu conciencia maltrecha. La traición brotaba por tus poros hambrientos de perdón. Te habías vendido al mejor postor. Allí fue cuando lo supe...
¡Yo, que auguraba lo mejor para tu futuro!, y te cavaste la fosa.
¡Yo, que aconsejaba en sueños tus desiciones!, ahora no podrás soñar.
¡Yo, que taladraba entre las rocas para armarte un camino!, pero no supiste mantener el rumbo.
Comenzaste a abrirte paso sin piedad, y bien sabemos que se puede superar al maestro, pero nunca morder la mano que nos alimenta.
Has cometido los peores pecados: creerte superior sin serlo, y rechazar los más puros manjares del alma. Guarda pues tu tonta vida para los chacales y los buitres, quienes serán los que acudan cuando necesites una mano para evitar caer en Antantap, donde te he guardado un asiento en primera fila. Fertilizarás mis ortigas con tu amargo llanto y tu desdicha.
El Señor, cual sea el tuyo, se apiade de tu infortunio al perderme como amiga.
Mary San

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