sábado, 23 de octubre de 2010
El reflejo
Toda la vida de Sally se apagó en ese preciso instante...
Nació una madrugada de invierno, con poco peso y luego de un parto difícil, en el que casi mueren juntas con su mamá. La cuidaron como si fuera de cristal, y la consintieron hasta no poder más. Y claro, era la primera niña entre tanta hormona masculina. Pensar que papá quería otro varón...y se le cayó la vida desde que la sostuvo en sus brazos."Mi campanita" le decía.
Cuando tenía 6 años, era frecuente verla en la casa de su abuela materna, a la salida del pueblo. Iba a la escuela y luego pasaba allí toda la tarde, hasta que la madre llegaba de trabajar y la cargaba, dormida y satisfecha de juegos y tostadas con miel, en el asiento trasero del viejo auto. Y así hasta el otro día, todos los días, de casa en casa.
La pequeña no tenía ya padre ni hermano, pues los había perdido en la guerra durante un acto de honor y valentía (eso le contó la madre, y ella no entendía nada) así que solita se las arreglaba para pasar su vida en ese mundo de adultos que poca atención le ponían a la hora de demostrar sus hazañas de niña que crecía.
Así que Sally pasaba las tardes, sus días, en el cuarto de la casa de la abuela que antes había sido de su papá cuando niño. Ahora estaba convertido en una especie de depósito, donde se guardaban desde muebles hasta lo inimaginable. Era toda una aventura estar allí:se vestían los percheros con las sábanas y armaban tiendas de campaña, los baúles eran pozos misteriosos o refugios providenciales. Las sillas se convertían en manadas de animales exóticos o en un monstruo gigante con muchas patas. Pero eran los viejos vestidos de las juventudes pasadas lo que llamaba más la atención de la pequeña. Esos volados, los cuellos, los adornos, las ostentosas joyas, los zapatos...todo lo que una nieta quisiera que la abuela le regalase algún día.
Sally creció con la capacidad de aislarse en su mundo de la casa de la abuela. En los primeros años escolares, las maestras conversaron con su madre acerca de lo frágil que la veían pero de lo fuerte que la sentían. Que le encantaba imaginar, y se desvivía por aprender. Que no lloraba ante la crueldad de algunos compañeros, sino que se limitaba a observarlos con una soberbia descomunal, como si los rebajara al nivel de una cucaracha luego de ser pisada. Que no tenía amigos y no era demasiado deseada en grupos de trabajo.
Dos días antes de cumplir los 15 años, su abuela fallece de un imprevisto problema cardíaco, y esto devasta a Sally, quien pierde a su única compañía. Con su madre, se mudan a vivir a la casa, pues es lo único que tienen como posesión, y eso hace que la sacrificada mujer pueda dejar algunas horas de trabajo, pues ya no deberá contar con el dinero de un alquiler. Y la relación madre- hija florece. El tiempo juntas sirve en parte para recuperar todo el pasado separadas por horarios y sueño.
La primera tarea es reacomodar la casa: limpieza y pintura, orden y cambio. Pero la condición de Sally fue que ella misma quería reordenar el cuarto depósito. Y así lo hace. Encuentra cosas que con sus ojos de niña aún no miraba. Arrastra muebles que antes no podía mover. Destapa todo, abre todo, prueba todo. Decide hacer allí su habitación y conservar cada elemento de ese cuarto.
Cuando termina a medias su labor, cansada y contenta con los resultados parciales, así como está, sin sacarse siquiera las medias...se arroja sobre la cama y se duerme como en el aire.
La despierta temprano un extraño sonido, como de cristales al romperse, y corre hacia la cocina pensando en algo que ha roto su madre. Pero nada, todo está en su lugar, y además su madre no ha despertado todavía. Son las 7 de la mañana, y la frescura de la primavera se cuela por las rendijas de las ventanas.
Sally vuelve a su casi terminada habitación, y decide sobre lo que hará a continuación: acurrucarse otro rato en la cama o continuar con la remodelación. Como le falta bastante, decide continuar trabajando.
Mientras limpia y encera, al pasar cerca del gran espejo de pie de la abuela, nota algo extraño...en el suelo...trozos de cristal...y al mirar comprueba que el espejo se ha roto. ¿Cómo es posible? ¿Así de la nada? Le cuenta lo ocurrido a su madre y ella supone que el movimiento de un espejo tan antiguo pudo haber causado que una vieja grieta o golpe terminaran de hacerse evidentes.
Sally cubre el espejo y lo coloca contra la pared hasta el momento en que haya algún dinero para cambiarlo por otro sano.
La casa florece con el tiempo. La madre ha encontrado hace un par de años, un nuevo compañero, bueno y amoroso con las dos, trabajador y amante de la naturaleza. Vive en la casa con ellas pues se ha encariñado tanto con el lugar, que todos declinaron la oferta de vivir en la ciudad. Sally está por cumplir sus 25 años. Como regalo sorpresa, su padrastro ha restaurado el viejo espejo que hace tanto esperaba volver a ver la luz. Está hermoso, con su color oscuro brilloso, y la calma del reflejo que ofrece a quien lo mira. La muchacha se contempla satisfecha, y aún juega a probarse vestidos y objetos de la abuela. Entre las viejas fotos hay una tan bella que Sally quiere hacerle honor y caracterizarse tal cual, aunque renovando a su gusto el estilo. Tijeras, aguja e hilo son sus cómplices. Hermosos diseños se transforman en exclusivos y exquisitos modelos. Sally se prueba hasta quedar completamente segura de lo que desea.
Y se duerme pensando en mañana, en su gran día. En la linda fiesta de cumpleaños, los invitados, EL invitado...ese hermoso muchacho que seguro se le declarará después de siete meses de noviazgo.
Vuelve a despertarla un ruido de cristales rotos.¿Otra vez? y se dirige directo al espejo. Se ha roto de nuevo...el movimiento, la pintura, tal vez. Se ve tan bella así en camisón frente al espejo, que la refleja en muchas Sallys a la vez, que comienza a bailar y a fantasear con los besos y abrazos que le dará a su amado. Juega con el espejo, al que besa con pasión como si besara a su hombre...hasta que el reflejo cambia y se vuelve en lo más espeluznante que alguien ve en la vida. Toda la vida de Sally se apagó en aquel instante...en ese preciso instante en que el espejo le mostró su propia muerte.
Mary San
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