viernes, 8 de octubre de 2010

Las que volaban


Esa tarde iba a ser como cualquier otra tarde en casa de mi abuela: té a las 6 con galletitas de limón, las tres amigas de siempre con sus chusmeríos aburridos, quizá un rato con la baraja española (algo emocionante al menos), y si llegaba a llover como lo habían anunciado en la tele...sería la tarde más interminable.
Así que ante tanta y prometedora acumulación de futuro fastidio, me dediqué a lo que mejor sabía hacer.
Busqué la vieja banqueta de madera y la acomodé al pie de la biblioteca. Empecé a repasar una y otra vez con la vista, estante por estante (la biblioteca de mi abuela ocupaba los 4 metros de una pared), hasta que el lomo llamativo de un libro me dijo que lo eligiera. Estaba bastante alto, como si realmente alguien quisiera que se mantuviera inalcanzable, y sin embargo alcanzarlo no era para nada difícil lograrlo. Me pareció extraño por fuera, al tocarlo, pues se sentía como de terciopelo, de pétalo de rosa...y olía a rosas. Repasé en mi mente y me juré que era la primera vez que lo veía ahí, pues sino cómo no lo había tenido en mis manos antes. Pero como las "chicas" amigas de mi abuela decían que de tanto leer se me había agrandado la imaginación, supuse que lo imaginaba pues.
Lo mejor que me pasó fue abrir ese libro...parecía hecho artesanalmente, hasta las hojas con ese grosor de papel reciclado y esa textura apergaminada. Y concluí que seguramente era así, pues hermosos trazos de tinta negra en una delicada cursiva, filigranaban cada página.
"Las que volaban" leí, "las que volaban ante todo y contra todo eramos nosotras cuatro, usando el ejercicio mental y la concentración..."
¿Eran esas palabras algún tipo de introducción de un diario íntimo, de una experiencia paranormal o un libro de hechizos? Se me hacía que lo que tenía ante mí era EL LIBRO por excelencia. Pero no quería interrumpir a la abuela con preguntas, ni menos dejar que se enterara que yo...pero si ella no quería no hubiera dejado el libro...caramba, que embrollo. Así que lo mejor era continuar leyendo para aclarar mis dudas acerca del contenido de esas páginas.
Me había acomodado y me disponía a proseguir, cuando Misha, una de las amigas de la abuela, vino a decirme que me estaban buscando y que tenían una sorpresa para mí.
"Parece que ya encontro parte de la sorpresa, como planeamos", le dijo a mi abuela...y yo no entendía nada.
Me dieron una linda cadena con una rara medalla, y yo no sabía el motivo porque además ni cerca de mi cumpleaños estábamos. Afuera llovia con una especie de brumosa llovizna.
"Nosotras estamos viejas, pero a vos te toca seguir el camino" dijo Elena, otra de las "chicas", y yo pensaba que mi imaginación se estaba pasando de lista conmigo. Pero no. Y con mis catorce años, empecé a pensar, sentir, actuar de manera diferente e incomprensible. Conocí atajos y trampas, salidas y callejones cerrados...Literalmente me devoré ese libro con aroma a rosas, y aprendí con ansias todo lo que allí se había escrito de puño y letra de las que volaban...Conocí que existe una fina línea entre el bien y el mal, entre conjuro y maldición, entre el cielo y el infierno. Escuché paciente y absorta cada pañabra, cada resultado, mientras veía hacerse realidad lo irreal...y a partir de esa tarde, las tardes de reunión en la casa de mi abuela fueron exquisitas y emocionantes: el té a las 6 con galletitas de limón, la abuela y yo, sus tres amigas con sus tres nietas, esperando que ojalá lloviera (para no tener que gastar energía en provocarlo nada más)...en una reunión de legado para nutrir de saberes a la siguiente generación, cada una con su amuleto, con su energía vital al servicio de la naturaleza, cada una viajando hacia los cuatro puntos cardinales, manteniendo el orden y el caos en equilibrio, escribiendo otras páginas o reescribiendo en ese libro que sería el mañana para las que vendrían a surcar el aire.
                                                                   Mary San

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