Cerraron sus ojos aún entreabiertos.
Cubrieron las fotos, relojes y espejos.
Abrieron ventanas y puertas en gesto
de dejar al alma partir hacia el cielo.
Se reunieron padres, los hijos y abuelos,
prepararon tragos y café bién espeso.
Fumaron los hombres de edad para hacerlo,
y las mujeres entraron para hablar de aquello.
El rostro lívido se asomó primero,
las manos blancas emergieron luego,
el cabello opaco y bien peinado armaba
un marco de ensueño entre la mortaja.
Un grave silencio todo lo cerraba.
Nadie va a decirlo, nadie preguntaba.
¿Por qué ya tan joven Dios se la llevaba?
¿Acaso allá arriba Él la precisaba?
Con llanto y sollozo todo combinaba,
no había rincón que no se acongojara.
El esposo, desencajado de dolor hallaba
reposo en la silla en pos de su amada.
Llegó el peor momento, el que nadie deseaba.
Cerraron la tapa del ataúd de lacas.
Desgarradores gritos desde dentro escapan
y la familia entera allí se desangra.
¿Volveremos a verla en alma reencarnada,
en una tenue bruma, en brisa dorada?
¿Muere el alma con el cuerpo, o es salvada?
¿Se eleva al más allá cual mariposa alada?
Y la gente piensa, piensa hasta que duele
si el espíritu errante la gran soledad siente.
Nadie se imagina que al llegar la muerte
sufren los que quedan en este mundo hiriente.
Mary San

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