Irrumpían en la noche los sollozos de tu alma.
Había llegado la hora cruel de la partida,
y la situación realmente estaba perdida;
se sentía al corazón cuando se desangra.
Vanamente estirabas los frágiles dedos de azúcar,
en un lastimero y agónico último esfuerzo.
Ya no había bolero, sonata, vals ni scherzo
que pudiese colarse por debajo de tus uñas.
A gritos pedías unos breves instantes finales,
pero cuán injusto es el destino cuando amas.
Sabías que el momento tarde o temprano llegaba
pero renegaste con pasión de los dichos banales.
¡Maldita sea la suerte que te envuelve
en su mugrienta capa existencial!
¡Destierro de tí todo ese mal
que en miles de penas se resuelve!
Si lograras volver desde donde estás,
me gustaría tal vez algo de concierto.
Nada tienen que importar por el momento
el desafine del piano o tocar mal:
me llenaría los oídos de un panal
que no se encuentra en tierras nuestras.
Mary San.

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